miércoles, 25 de mayo de 2016

33. Kafka en la Orilla - Haruki Murakami.

1. - A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento a otro.
- Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás. Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.


2. —Según la historia de Aristófanes que sale en El banquete de abtón, en el mundo mítico de la Antigüedad había tres clases de seres humanos- dice Oshima —. ¿Lo sabías?
—No —respondo.
—El mundo antiguo no estaba compuesto por hombres y mujeres sino por hombres-hombres, hombres-mujeres y mujeres-mujeres. Es decir, que un ser humano comprendía dos personas de ahora. Y así vivían todos satisfechos y felices. Sin embargo, los dioses los partieron a todos con un cuchillo por la mitad. De un corte limpio. Como resultado, el mundo se dividió en hombres y mujeres, y desde entonces los seres humanos van corriendo desesperados de un lado para otro buscando la mitad que les falta.
—¿Y por qué hicieron los dioses eso?
—¿Partir los seres humanos en dos? Pues vete a saber. Los actos de los dioses nunca son fáciles de comprender. Los dioses son irascibles y tienden a ser, ¿cómo te diría?, excesivamente idealistas. Puestos a suponer, tal vez se tratase de algún castigo. Como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso que sale en la Biblia.
—El pecado original —digo.
—Exacto. El pecado original —dice Oshima. Y hace oscilar el largo lápiz entre los dedos índice y corazón como si fuera una balanza. En definitiva, lo que quería decirte es lo siguiente: para un ser humano es muy duro vivir solo.
3. El recinto de la estación está atestado de gente que va y viene. Todos visten a su aire, acarrean su equipaje, van de aquí para allá con pasos precipitados; todos deben de encarrilarse a alguna parte con un propósito determinado. Me los quedo mirando fijamente. Y de repente se me ocurre pensar cómo serán dentro de cien años. Dentro de cien años es muy posible que todos los que estamos aquí (incluido yo) hayamos desaparecido de la faz de la Tierra y nos hayamos convertido en polvo o ceniza. Al pensarlo me asalta una extraña sensación. Y todo lo que se encuentra ante mis ojos acaba pareciéndome una ilusión. Como si de un momento a otro un soplo de viento fuera a barrerlo todo. Extiendo los dedos de ambas manos y clavo la mirada en ellos. ¿Para qué diablos lucho de esta manera? ¿Por qué tengo que vivir dejándome en ello la piel tal como estoy haciendo?
4. Allí está todo. Pero no hay partes. Y como no hay partes no hay ninguna necesidad de reemplazar una cosa por otra. Tampoco es preciso quitar o añadir nada. Basta con que el cuerpo se sumerja en el todo. Sin necesidad de razonamientos complicados. Y para Nakata no podía haber nada mejor.
5. Pero a lo largo de mi carrera docente me he encontrado con varios casos semejantes. Con niños que tienen talento y, justamente porque lo tienen, los adultos que los rodean les van poniendo el listón cada vez más alto. Y suele pasar que esos niños, agobiados por los problemas reales que les plantean, vayan perdiendo gradualmente el entusiasmo y la alegría lógicos ante la meta superada. Los niños que se encuentran en esos ámbitos pronto acaban encerrándose en sí mismos, escondiendo sus emociones genuinas. Y hace falta mucho tiempo y esfuerzo para lograr abrir de nuevo sus corazones. La mente de los niños es muy maleable y se puede moldear de muchas maneras. Pero una vez que se ha moldeado y endurecido cuesta mucho volver atrás. En la mayoría de los casos es imposible.
6. Le miro el pecho. Sus senos redondos suben y bajan al compás de la respiración como el vaivén de las olas. Me recuerdan una vasta superficie del mar azotada por una lluvia incesante. Yo soy un navegante solitario, de pie en cubierta; ella es el mar. El cielo presenta un color gris uniforme que, mucho más allá, se funde con el color, asimismo gris, del mar. Y entonces es muy difícil distinguir el mar del cielo. También es difícil separar al navegante del mar. También es difícil distinguir la realidad de los sentimientos.
7. Nakata cerró los ojos y se apartó la cabeza con ambas manos. Sentía cómo le temblaban las manos.
-No puedes cerrar los ojos -dijo Johnnie Walken con voz resuelta-. Otra vez las reglas. Los ojos no pueden cerrarse. Cerrarlos no soluciona nada. Por más que los cierres, no desaparecerá el problema. Al contrario, cuando vuelvas a abrirlos, las cosas habrán empeorado aún más. Así es el mundo en el que vivimos, Nakata. Tú mantén los ojos bien abiertos. Cerrarlos es de pusilánimes. Sólo los cobardes apartan la vista de la realidad. Y mientras tú cierras los ojos y te tapas los oídos el tiempo va transcurriendo. ¡Tic! ¡Tac! ¡Tic! ¡Tac!
8. -Kafka Tamura, en la vida de los hombres hay un punto a partir del cual ya no podemos retroceder. Y, en algunos casos, existe otro a partir del cual ya no podemos seguir avanzando. Y, cuando llegamos a ese punto, para bien o para mal, lo único que podemos hacer es callarnos y aceptarlo. Y así es como sobrevivimos.
9. …Tal como puedes ver, también soy un ser humano y también me he sentido discriminado en diversas ocasiones —explica Óshima—. Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama «hombres y mujeres huecos». Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con patraña insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas. Sean gays, lesbianas, heterosexuales, feministas, cerdos fascistas, comunistas, Hare Krishnas. A mí tanto me da. A mí no me importa la bandera que enarbolen. Lo que yo no puedo soportar es a esa gente hueca, a esos sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación, con tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Precisamente, son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y cuando se me pone una delante no me puedo aguantar. Acabo soltando más cosas de la cuenta. Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil. ¿Y sabes por qué? 
—¿Porque si te tomaras en serio a cada una de las personas sin . imaginación que se te pusieran delante no darías abasto? —pregunto.
-Exacto.
10. -¿Sabes, Kafka Tamura? Lo que tú estás sintiendo ahora no es otra cosa que el conflicto central de la tragedia griega. No es la persona la que elige su destino, sino el destino el que elige a la persona. Ésta es la concepción del mundo en la que se fundamenta la tragedia griega. Y la tragedia, según la define Aristóteles, irónicamente, no surge de los defectos del protagonista, sino de sus virtudes. ¿Entiendes a qué me refiero? Son las cualidades, no los defectos, las que arrastran al hombre a la tragedia. Edipo rey, de Sófocles, es un ejemplo remarcable de ello. En el caso de Edipo, no son la indolencia y la estupidez las que originan la tragedia, sino su valentía y su honestidad. Y de ahí nace, inevitablemente, la ironía.
-Pero no se puede hacer nada.
-Depende -dice Óshima-. Hay casos en los que no puede hacerse nada. Pero, a pesar de ello, la ironía hace más profundo al hombre, lo obliga a crecer. Y se convierte en una puerta de acceso a una solución de una dimensión mayor. Y en ella puedes encontrar una esperanza universal. Ésta es la razón por la que hoy en día tanta gente sigue leyendo la, tragedia griega; por la que la tragedia se ha constituido en uno de los prototipos del arte. Y antes ya he comentado esto, pero, en la vida, todo es una metáfora. En realidad, nadie va matando a su padre ni acostándose con su madre. ¿No te parece? En resumen, nosotros aceptamos la ironía a través de un mecanismo que se llama metáfora. Y esto nos convierte, a nosotros, en hombres más sabios.
11. -Y te has escapado de casa, ¿verdad?
-Sí, así es.
−¿Y tenías alguna razón concreta para hacerlo? 
Sacudo la cabeza. ¿Qué diablos debería decirle?
−Es que tenía la sensación de que, si me quedaba, acabaría perdiéndome sin posibilidad de retroceder -digo.
−Me resulta extraño oír la palabra «perdido» en boca de un chico de tu edad. Podríamos decir que me intriga... ¿A qué te refieres concretamente con ese «perdido»?
-Pues que algo haría que fuera como no debo ser.
La señora Saeki me mira con interés.
−Pero, en la medida en que el tiempo exista, todo el mundo irá perdiéndose al fin, pasando a ser algo distinto. Antes o después.
−Sin embargo, aunque acabes perdiéndote alguna vez, necesitas un lugar al que poder retroceder.
-¿Un lugar al que poder retroceder?
−Un lugar al que valga la pena volver.
-Para tener quince años recién cumplidos, hablas con mucha sensatez. Yo también, cuando tenía quince años, quería irme a un mundo distinto dice la señora Saeki sonriendo-. A un lugar donde nadie pudiera encontrarme. A un lugar donde no transcurriera el tiempo.
-Pero, en este mundo, no existe ningún lugar así.
-Exacto. Por eso vivo aquí. En un mundo donde las cosas no dejan de perderse, los sentimientos no dejan de cambiar, donde el tiempo transcurre sin pausa. -Y, como si quisiera aludir al paso del tiempo, permanece unos instantes en silencio-. Pero, a los quince años, yo estaba segura de que en este mundo existía un lugar así. De que la entrada a un mundo distinto estaba escondida en alguna parte y de que yo podría encontrarla.
-¿Estaba usted sola a los quince años?
−En cierto sentido sí. Lo estaba. No es que no tuviera a nadie a mi lado, pero me encontraba terriblemente sola. Y era porque sabía que jamás volvería a ser tan feliz como lo estaba siendo entonces. Era lo único que sabía con certeza. Por eso quería encontrar un lugar donde aquellos momentos se hicieran eternos, donde el tiempo no transcurriese.
−Lo que yo quiero es crecer lo más rápido posible.
−Tú eres más fuerte de lo que yo era entonces, y eres independiente. Yo, a tu edad, tenía la cabeza llena de fantasías, quería evadirme de la realidad, y tú, en cambio, miras la realidad de frente y luchas. Hay una gran diferencia.
-Yo no soy fuerte, ni tampoco independiente. Sólo que la realidad me ha empujado, a la fuerza, hacia delante.
12. -En todo, Nakata, hay que seguir un orden -explicó Johnnie Walken-. No se puede mirar demasiado lejos. Porque si miras demasiado lejos pierdes de vista el suelo y corres el riesgo de tropezar. Pero tampoco debes distraerte con los pequeños detalles que están a tus pies. Porque si no miras al frente, acabarás topando con algo. Total, que hay que mirar un poco hacia delante, seguir un orden determinado e ir despachando las cosas. Eso es fundamental. En cualquier cosa que hagas.
13. El escritor ruso Anton Chejov decía algo interesante: «Si en un relato sale una pistola, eventualmente hay que dispararla». Chejov quiere decir lo siguiente. La necesidad es un concepto independiente. Su mecanismo es distinto al de la lógica, al de la moral o al del significado. Su función está comprendida en el papel que desempeña. Aquello cuya función no es estrictamente necesaria no debe existir. Y lo que la necesidad requiere debe existir. Eso es dramaturgia. La lógica, la moral o el significado no existen por si mismos, sino que nacen dentro de una relación. Chejov entendió muy bien qué es la dramaturgia.
14. -Estoy enamorado de usted, y esto es muy importante. Usted debe
entenderlo.
-Habéis lanzado una piedra a una diana que está muy lejos. ¿Eres consciente de ello? Asiento.
−Lo sé. Pero, gracias a las metáforas, la distancia se hará mucho más corta.
-Pero ni tú ni yo somos una metáfora.
−Por supuesto que no -digo-. Pero las metáforas pueden eliminar en gran medida lo que nos separa a ambos.
−Son las palabras de seducción más estrafalarias que he oído en toda mi vida.
-¡Hay tantas cosas a mi alrededor que se han ido haciendo tan estrambóticas! Pero creo que me estoy acercando poco a poco a la verdad.
-¿Acercándote realmente a una verdad metafórica? ¿O acercándote de manera metafórica a una verdad real? ¿O, tal vez, se van aproximando la una a la otra para complementarse?
-En cualquier caso, no creo que pueda soportar la tristeza que, en estos momentos, hay aquí.
−Ni yo tampoco.
-Entonces, ¿volvió usted a esta ciudad con la intención de morir?
−En realidad, no es que esté intentando morir. Sólo me limito a esperar la muerte. Como quien se sienta en un banco de la estación a esperar el tren.
−¿Y sabe cuándo llegará ese tren?
Ella separa su mano de la mía, se toca los párpados con las yemas de los dedos.
−Tamura, la vida, hasta ahora, me ha desgastado mucho. Mi propio cuerpo está agotado. Cuando tenía que haber dejado de vivir, no pude hacerlo. No fui capaz de renunciar a la vida pese a saber que vivir no tenía ningún sentido para mi. En consecuencia, he estado haciendo una cosa absurda tras otra durante toda mi vida, únicamente para ir pasando los días. Y, de este modo, me he herido a mí, e, hiriéndome a mí, he herido a los demás. Y ahora estoy recibiendo el castigo. Llámalo maldición, si quieres. Hubo una época en que alcancé algo demasiado perfecto. Y luego no me quedó otra cosa más que despreciarme a mí misma. Esa es mi maldición. Una maldición de la que no podré escapar mientras viva. Por eso no le temo a la muerte. Y, si esto responde a tu pregunta, sé más o menos cuándo llegará.
15. -Nakata no sólo no es inteligente. Nakata está vacío. Acabo de comprenderlo. Nakata es como una biblioteca sin libros. Hace tiempo no era así. Yo tenía libros dentro. Lo había olvidado durante años, pero ahora sí me acuerdo. Antes, Nakata era como todo el mundo. Pero un día ocurrió algo y Nakata se convirtió en un recipiente vacío.
-Pero oye, Nakata, si te lo miras así, todos estamos más o menos vacíos, ¿no? ¡Ya me dirás! Comemos, cagamos, cobramos un sueldo de mierda por un trabajo estúpido, follamos de vez en cuando y ¡se acabó! ¿Qué más hay aparte de eso? Pero, con todo, vivir tiene su gracia, ¿no? Como nosotros, ahora. No sé por qué, pero la tiene. Mi abuelo lo decía siempre: «Las cosas de este mundo siempre te salen por donde menos te esperas. Precisamente por eso es interesante vivir».
16. −Oshima ¿Te has puesto triste alguna vez pensando en quien amas cuando estás solo?
−Pues claro -dice Oshima-. A menudo. Especialmente en la estación en que la luna aparece azulada. O en la estación en que los pájaros emigran hacia el sur. O...
−¿Y por qué dices claro? -pregunto.
-Porque, cuando nos enamoramos, todos buscamos en la persona amada una parte de nosotros que nos falta. Por eso, al pensar en esa persona, siempre nos ponemos en mayor o menor medida tristes. Nos sentimos como si volviéramos a pisar una habitación añorada que habíamos perdido hace muchísimo tiempo. Es natural. Esa sensación no la has descubierto tú. Así que mejor que no intentes patentarla.
17. −Esta mochila, para ti, simboliza la libertad, seguro -dice Ôshima.
-Tal vez, -digo.
-Quizá se experimente una felicidad mayor al poseer algo que simbolice la libertad que poseyendo la libertad en sí misma. 
-A veces -digo.
−Oye, Kafka Tamura. Puede que la mayoría de personas de este mundo no deseen, en realidad, el ser libres. Sólo están convencidos de que lo desean. Todo es una fantasía. Si realmente consiguieran la libertad, la mayoría de la gente se encontraría con graves problemas. No lo olvides. A la gente, lo que en realidad le gusta es la falta de libertad.
−¿A ti también?
−Sí. A mí también. Hasta cierto punto, claro -dice Oshima Jean-Jacques Rousseau afirmaba que la civilización nació cuando la especie humana empezó a levantar barreras. Es una observación muy perspicaz. En efecto. Todas las civilizaciones son producto de la falta de libertad. Sólo hay una excepción: los aborígen australianos. Ellos preservaron hasta el siglo XVII una civilización sin barreras. Eran libres en un sentido pleno. Podían ir a donde les apeteciese cuando quisieran, hacer lo que se les antojara. Su vida era, literalmente, un constante ir de aquí para allá. Y andar de un lado para otro era, para ellos, una profunda metáfora de la vida. Cuando llegaron los Ingleses y construyeron cercas para encerrar a los animales domésticos, los aborígenes no podían entender de ninguna manera qué significaba aquello. Y, como eran incapaces de comprender aquel principio, los Ingleses les tacharon de seres peligrosos, antisociales, los expulsaron al desierto. Así que también te recomiendo a ti, Kafka Tamura, que tengas cuidado. Al fin y al cabo, los que mejor sobreviven en este mundo son los que levantan barreras altas y fuertes. Y si te opones a ellos, te expulsarán al desierto.
18. -Debes de querer ser más fuerte, imagino.
−Si no eres fuerte, no puedes sobrevivir. Particularmente en mi caso.
−Es porque estás solo...
−Nadie va a ayudarme. Al menos hasta ahora nadie me ha ayudado. He tenido siempre que apañármelas por mí mismo. Así que debo ser fuerte. Como un cuervo abandonado. Es por eso que mi nombre es Kafka, significa cuervo en Checo.
-Pero esa forma de vida tiene sus límites. No puedes utilizar esa fuerza para levantar una muralla a tu alrededor. Siempre puede venir algo más fuerte que llegue a derribarla. Es lo que suele ocurrir.
-Es que la fuerza acaba convirtiéndose en fortaleza moral. La señora Saeki sonríe.
-Eres muy rápido en captar las cosas. Entonces yo digo:
-Lo que yo deseo, la fuerza que yo busco, no es aquella que lleva a ganar o a perder. Tampoco quiero una muralla para repeler fuerzas que lleguen del exterior. Lo que yo deseo es una fuerza que me permita ser capaz de absorber todo cuanto proceda del exterior... resistirlo. Fortaleza para soportar en silencio cosas como la injusticia, infortunio, la tristeza, los equívocos, las incomprensiones.
-Posiblemente sea ésa la fuerza más difícil de alcanzar.
-Ya lo sé.
19. —Tengo la impresión de que, a mi alrededor, las cosas han empezado a transformarse —dice la señora Saeki. —No sabría decirte. Pero lo sé. La presión del aire, la reverberación del sonido, el reflejo de la luz, el movimiento de los cuerpos el flujo del tiempo. Todo ello está cambiando poco a poco. Es como si una acumulación de incesantes cambios diminutos fuera formando una gran corriente-. Luego me mira de frente -Lo que pasó anoche entre nosotros, en tu habitación, creo que también es uno de esos cambios. No sé si lo que hicimos está bien o no. Pero yo, en aquel momento, decidí no obligarme a mí misma a juzgar. Pensé que, si fluía la corriente, dejaría que me arrastrara también a mí.
— ¿Puedo decirle lo que pienso de usted?
—Pues, claro.
—Lo que está haciendo es, tal vez, recuperar el tiempo perdido. La señora Saeki reflexiona unos instantes sobre ello.
—Quizá sí —dice—. Pero ¿cómo lo sabes?
—Porque yo tal vez esté haciendo lo mismo.
—¿Recuperar el tiempo perdido?
—Sí —digo—. A mí, desde que era pequeño, me han ido robando muchas cosas. Muchas cosas valiosas. Y ahora tengo que recuperarlas, aunque sólo sea una parte de ellas.
—Para seguir viviendo.
Asiento.
—Debo hacerlo. Para una persona es importante tener algo así como
un lugar al que poder volver. Ahora tal vez esté todavía a tiempo. Posiblemente. Usted, y también yo.
20. El joven se acordó de su niñez. De cuando iba todos los días a un río cercano a pescar peces, especialmente lochas. «En aquella época, yo no tenía por qué pensar en nada», se dijo el joven. «Había bastante con ir viviendo. Sólo por el simple hecho de vivir, yo ya era alguna cosa. Era algo espontáneo. Pero, en un momento dado, dejó de ser así. Vivir me fue convirtiendo en nada. ¡Qué va! cosa tan extraña! La gente nacemos para vivir, ¿verdad? ¿Cómo es que yo, conforme he ido viviendo, he ido perdiendo contenido hasta convertirme en una persona vacía? Y además, de aquí en adelante, a medida que vaya viviendo posiblemente siga convirtiéndome en una persona más vacía aún, que, valga menos todavía. Aquí hay un error. No puede pasar una cosa tan extraña. En alguna parte debe de poder cambiarse la dirección de la corriente.
21. -Tú no tienes la culpa de todo. Tampoco la tengo yo. Tampoco es culpa de la profecía, ni de la maldición. No es culpa del ADN, ni del absurdo. No es culpa del estructuralismo, ni de la tercera revolución industrial. Que nosotros vayamos decayendo y perdiéndonos se debe a que el mecanismo del mundo, en sí mismo, se basa en la decadencia y en la pérdida. Y nuestra existencia no es más que la silueta de este principio. El viento sopla. Podrá ser un viento violento que asole los campos o una brisa agradable. Pero ambos irán perdiéndose, desapareciendo. El viento no tiene cuerpo. No es más que el término genérico del desplazamiento del aire. Tú aguzarás el oído. Entenderás la metáfora.
22. -Según los conocimientos actuales, los primeros que imaginaron el concepto de laberinto fueron los antiguos mesopotámicos. Éstos les arrancaban las tripas a los animales, o, a veces, los intestinos a los seres humanos, y, según la forma que tuvieran, predecían el futuro. Sentían admiración por lo complejos que eran. Así que la forma del laberinto remite a las entrañas. Es decir, que el principio del laberinto reside en tu propio interior. Y éste se corresponde con el laberinto exterior.
−Una metáfora -digo.
−Exacto. Una metáfora recíproca. Lo que existe fuera de ti es una proyección de lo que existe en tu interior, lo que hay dentro de ti es una proyección de lo que existe fuera de ti. Por eso, a veces, puedes hollar el laberinto interior pisando el laberinto exterior.
Aunque eso, en la mayoría de los casos, es muy peligroso.

32. Mi Planta Naranja Lima - Jose Mauro de Vasconcelos.

...Sí, voy a matarlo. Ya comencé. Matar no quiere decir que uno tome el revólver de Buck Jones y haga ¡Bum! No es eso. Uno lo mata en el corazón. Va dejando de querer. Y un buen día la persona muere. 
- ¿Pero no me dijiste también a mi que me matabas?
- Lo dije al comienzo. Después te maté al contrario. Te hice morir naciendo en mi corazón. Eres la única persona a la que quiero Portuga. El único amigo que tengo.


31. Del Amor y Otros Demonios - Gabriel García Márquez.

1. El marqués se demoró en el recuento de otras mentiras sorprendentes de la hija, no con disgusto sino con un cierto orgullo de padre. "Quizás vaya a ser poeta", dijo. Abrenuncio no admitió que la mentira fuera una condición de las artes.
"Cuanto más transparente es la escritura más se ve la poesía", dijo.
2. Lo más probable era que Sierva María no contrajera la rabia.
"¿Y mientras tanto?", preguntó el marqués.
"Mientras tanto", dijo Abrenuncio, "tóquenle música, llenen la casa de flores, hagan cantar los pájaros, llévenla a ver los atardeceres en el mar, denle todo lo que pueda hacerla feliz". Se despidió con un voleo del sombrero en el aire y la sentencia latina de rigor. Pero esta vez la tradujo en honor al marqués: "No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad".

 3. Ella, cocotóloga insigne, le mandaba mensajes en palomitas de papel. Él aprendió a leer y escribir para corresponder con ella, y ese fue el principio de una pasión legítima que nadie quiso entender. Escandalizado, el primer marqués conminó al hijo a que hiciera un desmentido público. «No sólo es cierto», le replicó Ygnacio, «sino que tengo la licencia de ella para pedir su mano».Y ante el argumento de la locura, contestó con el suyo: «Ningún loco está loco si uno se conforma con sus razones».

4. Ella le preguntó por esos días si era verdad, como decían las canciones, que el amor lo podía todo. «Es verdad», le contestó él, «pero harás bien en no creerlo».
5. La frase sorprendió al marqués, pues era lo mismo que él había pensado cuando dieron las cuatro. Al obispo le pareció una coincidencia natural. «Las ideas no son de nadie», dijo. Dibujó en el aire con el índice una serie de círculos continuos, y concluyó: «Andan volando por ahí, como los ángeles».
6. «Su Señoría Ilustrísima debe saber que arrastro la más grande desgracia que puede sufrir un ser humano», dijo, con una humildad desarmante. «He dejado de creer».
7. Sintió el apremio de rezar por primera vez desde que perdió la fe. Fue al oratorio, tratando con todas sus fuerzas de recuperar el dios que lo había abandonado, pero era inútil: la incredulidad resiste más que la fe, porque se sustenta de los sentidos.
8. «Quiere decir que ha recuperado la fe», dijo Abrenuncio.
«Nunca se deja de creer por completo», dijo el marqués. «La duda persiste».
Abrenuncio lo entendió. Siempre había pensado que dejar de creer causaba una cicatriz imborrable en el lugar en que estuvo la fe, y que impedía olvidarla.
9. Ante todo, dijo, quería saber cómo era la hija antes de entrar en el convento.
«No lo sé», dijo el marqués. «Siento que la conozco menos cuanto más la conozco».
10. «Usted lo dice por ser español»,dijo Abrenuncio.
«A mi edad, y con tantas sangres cruzadas, ya no sé a ciencia cierta de dónde soy», dijo Delaura. «Ni quién soy».
«Nadie lo sabe por estos reinos», dijo Abrenuncio. «Y creo que necesitarán siglos para saberlo».
11. Cuando terminó, Cayetano tomó la mano de Sierva María y la puso sobre su corazón. Ella sintió dentro el fragor de su tormenta.
«Siempre estoy así», dijo él, y sin darle tiempo al pánico se liberó de la materia turbia que le impedía vivir. Le confesó que no tenía un instante sin pensar en ella, que cuanto comía y bebía tenía el sabor de ella, que la vida era ella a toda hora y en todas partes, como sólo Dios tenía el derecho y el poder de serIo, y que el gozo supremo de su corazón sería morirse con ella. Siguió hablándole sin mirarla, con la misma fluidez y el calor con que recitaba, hasta que tuvo la impresión de que Sierva María se había dormido. Pero estaba despierta, fijos en él sus ojos de cierva azorada. Apenas se atrevió a preguntar:
«¿ Y ahora?»
«Ahora nada», dijo él. «Me basta con que lo sepas».

12. No pudo seguir. Llorando en silencio pasó su brazo por debajo de la cabeza de ella para que le sirviera de almohada, y ella se enroscó en su costado.
Permanecieron así, sin dormir, sin hablar, hasta que empezaron a cantar los gallos, y él tuvo que apurarse para llegar a tiempo a la misa de cinco. Antes que se fuera, Sierva María le regaló el precioso collar de Oddúa: dieciocho pulgadas de cuentas de nacar y coral.
El pánico había sido reemplazado por la zozobra del corazón. Delaura no tenía sosiego, hacía las cosas de cualquier modo, flotaba, hasta la hora feliz en que huía del hospital para ver a Sierva María. Llegaba jadeando a la celda ensopado por las lluvias perpetuas, y ella lo esperaba con tal ansiedad que la sola sonrisa de él le devolvía el aliento.
13. Oh dulces prendas por mi mal halladas. 2. Cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por do me has traído... yo acabaré, que me entregué sin arte a quien sabrá perderme y acabarme. 3. En fin a vuestras manos he venido, do sé que he de morir, para que sólo en mís fuese probado cuánto corta una espada en un rendido. 4. No más lágrimas, bastan las que por vos tengo lloradas.
14. «¿Nunca ha pasado por esto?»
«Nunca, hijo mío», dijo Abrehuncio. «El sexo es un talento y yo no lo tengo».
Trató de disuadirlo. Le dijo que el amor era un sentimiento contra natura, que condenaba a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa.

domingo, 12 de julio de 2015

30. María - Jorge Isaacs.

1. Cerré las puertas. Allí estaban las flores recogidas por ella para mí; las ajé con mis besos; quise aspirar de una vez todos sus aromas, buscando en ellos los de los vestidos de María; bañélas con mis lágrimas... ¡Ah, los que no habéis llorado de felicidad así, llorad de desesperación, si ha pasado vuestra adolescencia, porque así tampoco volveréis a amar ya!
2. ¡Primer amor!... Noble orgullo de sentirnos amados: sacrificio dulce de todo lo que antes nos era caro a favor de la mujer querida; felicidad que comprada para un día con las lágrimas de toda una existencia, recibiríamos como un don de Dios; perfume para todas las horas del porvenir; luz inextinguible del pasado; flor guardada en el alma y que no es dado marchitar a los desengaños; único tesoro que no puede arrebatarnos la envidia de los hombres; delirio delicioso... inspiración del Cielo... ¡María! ¡María! ¡Cuánto te amé! ¡Cuánto te amara!
3. -¡Pobre de mí! Jamás habías sido sordo a mi voz. Nunca mis ojos te buscaron sin que los tuyos se mostrasen prestos al instante y halagüeños; por eso lloro. 
-Perdóname Nay, sólo pensaba en ti... 
Calló Nay largo rato, y Sinar, despertando súbitamente del éxtasis en que se encontraba, tomó de la mano a Nay, subió con ella a la cima de un peñasco y, mirando al río y al desierto, le dijo:
-¿Sabes tú quién hizo las montañas? 
-No.
-Un Dios las hizo. ¿Has visto al río Tando retroceder en su carrera?
-No.
-El río Tando, como una lágrima, va a perderse en el inmenso mar, ante cuyo bramido el rumor de un río es como tu voz comparada con la del huracán que sacude los bosques gigantescos cual si fuesen débiles juncos. ¿Sabes tú quién hizo el mar?
-No.
-¿Y el rayo que rasga las nubes y despedaza la copa del Baobab, como tu planta deshace una de sus hojas secas? ¿Y las estrellas, que, como el oro y las perlas que bordan tus mantos de calín, tachonan el cielo? ¿Y la luna, que te place contemplar en la soledad dejándote llevar por tus sueños más atesorados? ¿Y el sol, que bruñó tu tez de azabache y da luz a tus ojos? ¡Todo es obra de un solo Dios! Él no quiere que yo ame a otra mujer; Él manda que te ame como a mi mismo; Él quiere que yo ria si ries, que llore si lloras, que en cambio de tus caricias te defienda siempre con mi propia vida, y que, si mueres, rieguen mis lágrimas tu tumba hasta que vaya a reunirme contigo más allá de las estrellas, donde me esperarás.

4. Pocos pasos me había adelantado en la estancia cuando oí un grito y me sentí abrazado.
-¡María! ¡Mi María!- exclamé, estrechando contra mi corazón aquella cabecita entregada a mis caricias... 
-¡Ay! ¡No, no, Dios mío!- me dijo sollozante. 
Y, desprendiéndose de mi cuello, cayó sobre un sofá inmediato: ¡Era Emma! Vestía de negro, y la luna acababa de bañar su rostro lívido y regado de lágrimas. 
Abrióse en aquel punto la puerta del aposento de mi madre. Ella, balbuciente y colmándome de besos, me arrastró al sofá en que Emma seguía muda e inmóvil.
-¿Dónde está, pues? ¿Dónde está? -grité, poniéndome en pie sin que fuerza alguna pudiera retenerme.
-¡Hijo de mi alma! -Exclamó mi madre con el más hondo acento de ternura, y volviendo a estrecharme contra sus seno-. ¡En el cielo!
Algo como la fina hoja de un puñal acababa de clavárseme en el cerebro; faltó la luz a mis ojos y el aire a mi pecho.


5. Aún cuando nuestra infancia quede lejos, no por eso una tierna madre nos niega sus mimos; acaso nuestra frente no descanse ya en su regazo, ni su voz nos aduerma, pero nuestra alma recibe siempre las amorosas caricias de la suya.

6. Cuando la enfermedad ha hecho temer la pérdida de un ser querido, aquel recelo activa nuestros más dulces afectos, y, alejado del peligro, hay, en los cuidados que le prodigamos, una ternura capaz de desarmar a la muerte.

7. Al dar la vuelta a un grupo de corpulentos tamarindos, quedé enfrente de un pedestal blanco y manchado por las lluvias, sobre el cual se elevaba una cruz de hierro: acerquéme. En una plancha negra que las adormideras medio ocultaban ya, empecé a leer: María ...
A aquel monólogo terrible del alma ante la muerte, del alma que la interroga, que la maldice ... que le ruega, que la llama ... demasiado elocuente respuesta dio esa tumba fría y sorda, que mis brazos oprimían y mis lágrimas bañaban.

lunes, 6 de julio de 2015

29. El Fin del Mundo y un Despiadado País de las Maravillas - Haruki Murakami.

1. —Y yo encontraré esa salida. Y huiré de aquí contigo. No quiero morir en un lugar tan miserable. —Tras pronunciar estas palabras, enmudeció y volvió a escarbar el suelo—. Creo que ya te había dicho que esta ciudad era un lugar antinatural y fundado en un error —dijo la sombra—. Pues sigo pensando lo mismo. Es antinatural y, encima, errónea. El problema está en que la ciudad se levanta sobre lo antinatural y lo erróneo. Y como todo es antinatural y distorsionado, todas las piezas encajan a la perfección. Y forman un todo redondo. Como esto. —En el suelo dibujó un círculo con el tacón—. Es un círculo cerrado. Por eso, cuando llevas mucho tiempo aquí dándole vueltas a las cosas, empiezas a convencerte de que ellos están en lo cierto y de que tú estás equivocado. Porque ellos parecen demasiado coherentes. ¿Entiendes?
—Perfectamente. A veces tengo la misma sensación. La de que, comparado con la ciudad, no soy más que un ser insignificante, lleno de contradicciones.
—Sin embargo, eso es falso —insistió la sombra trazando unos dibujos indescifrables al lado del círculo—. Nosotros tenemos razón y ellos están equivocados. Nosotros somos naturales y ellos no. Debes creerlo, creerlo mientras te queden fuerzas. Si no lo crees, la ciudad te acabará absorbiendo antes de que te des cuenta, y entonces ya será demasiado tarde.
2. Primero, hablemos del corazón. Me has dicho que en esta ciudad no hay luchas, odio ni deseos. Eso, en sí mismo, es maravilloso. Tanto que, si tuviera fuerzas, aplaudiría. Pero piensa que el hecho de que no existan luchas, odio ni deseos significa que tampoco existen las cosas opuestas. Es decir, la alegría, la paz de espíritu, el amor. Porque es de la desesperanza, del desengaño y de la tristeza de donde nace la alegría y, sin ellas, ésta no podría existir. Es imposible encontrar una paz de espíritu sin desesperación. Ésta es la «naturalidad» a la que me refería. Y luego está el amor, por supuesto. Lo mismo sucede con la chica de la biblioteca de la que hablas. Tú tal vez la quieras, pero tus sentimientos no conducen a ninguna parte. Porque ella no tiene corazón. Y un ser humano sin corazón no es más que un fantasma andante. Dime, ¿qué sentido tiene conseguir algo así? ¿Deseas para ti esta vida eterna? ¿Quieres convertirte, también tú, en un fantasma similar? Si yo muero aquí, tú pasarás a ser uno de ellos y ya jamás podrás abandonar la ciudad.
3. —Porque ella jamás podrá corresponder a tus sentimientos. Nadie tiene la culpa. Ni la tienes tú, ni la tiene ella. Me atrevería a decir que la culpa es del mundo, por estar hecho de esta manera. Pero el mundo no se puede cambiar. Sería lo mismo que tratar de invertir el curso de un río.
Me incorporé sobre la cama y me froté las mejillas con ambas manos. Me pareció notar la cara un poco más flaca.
—Se refiere al corazón, ¿verdad?
El anciano asintió.
—¿Me está diciendo que, como yo tengo corazón y ella no, por más que la ame jamás podré recibir nada a cambio?
—Exacto. Lo único que conseguirás será ir destruyéndote. Porque ella, como muy bien dices, no tiene corazón. Tampoco yo lo tengo. Nadie lo tiene.
—Pero usted es muy amable conmigo. Se preocupa por mí, me está cuidando robándole horas al sueño. ¿No le parece que ésa es una de las formas en que se manifiesta el corazón?
—No, es distinto. La amabilidad es una función independiente. Para ser exactos, es una función superficial. Sólo una costumbre. El corazón es otra cosa, es algo más profundo, y más fuerte. Y también más contradictorio.
4. Aunque nadie lamentara mi pérdida, aunque no dejase un vacío en el corazón de nadie, aunque casi nadie se diera cuenta de que yo había desaparecido, no quería: mi existencia era asunto mío. Ciertamente, había perdido muchas cosas en el curso de mi vida. Tantas que, aparte de mí mismo, ya casi no me quedaba nada por perder. Sin embargo, en mi interior permanecía vivo el reflejo de lo que había perdido, y aquello era lo que había conformado mi ser a lo largo de mi vida.
No quería abandonar este mundo. Al cerrar los ojos, pude percibir claramente cómo se tambaleaba mi corazón. Fue una sacudida tan grande y profunda, más allá de la tristeza y de la soledad, que removió mi ser desde los cimientos. Aquel vaivén no cesaba. Hinqué los codos en el respaldo del banco para soportar su sacudida. Nadie me ayudó. Nadie podía socorrerme. Del mismo modo que yo no podía ayudar a nadie.
Hubiese querido deshacerme en lágrimas, pero no podía llorar. Era demasiado mayor para hacerlo, había tenido demasiadas experiencias en mi vida. En este mundo existe un tipo de tristeza que no te permite verter lágrimas. Es una de esas cosas que no puedes explicar a nadie y, aunque pudieras, nadie te comprendería. Y esa tristeza, sin cambiar de forma, va acumulándose en silencio en tu corazón como la nieve durante una noche sin viento.
Cuando era más joven, había intentado alguna vez traducirla en palabras. Pero por más que me había esforzado en buscar las palabras adecuadas, no había conseguido comunicársela a nadie, ni siquiera a mí mismo, y había dejado de intentarlo. De modo que había bloqueado las palabras, había bloqueado mi corazón. La tristeza, cuando es tan profunda, ni siquiera permite metamorfosearse en lágrimas.
5. Había ido perdiendo diversas cosas, diversas personas, diversos sentimientos. En el bolsillo de un abrigo que simbolizara mi existencia, se habría abierto un agujero fatal que ningún hilo ni aguja podrían coser. En este sentido, si alguien hubiera abierto la ventana de mi piso, se hubiese asomado dentro y me hubiese gritado: «¡Tu vida es un completo cero!», yo no habría tenido ningún argumento en contra que esgrimir.

Sin embargo, si hubiera podido volver atrás, me daba la sensación de que habría reproducido una vida idéntica a la que había llevado. Porque ésta —esta vida llena de pérdidas— era yo. Era el único camino que tenía yo de ser yo mismo. Por más personas que me hubiesen abandonado a mí, por más personas a las que hubiese abandonado yo, por más bellos sentimientos, magníficas cualidades y sueños que hubiese perdido, yo únicamente podía ser yo.

sábado, 4 de julio de 2015

28. Juan Salvador Gaviota - Richard Bach.

1. -Puedes ir al lugar y al tiempo que desees- Dijo el Mayor-. Yo he ido donde y cuando he querido. (...) Para volar tan rápido como el pensamiento y a cualquier sitio que exista- dijo- debes empezar por saber que ya has llegado...
El secreto, según Chiang, consistía en que Juan dejase de verse así mismo como prisionero de un cuerpo limitado (...) El secreto era saber que su naturaleza vivía, con la perfección de un número no escrito, simultáneamente en cualquier lugar del espacio y el tiempo. (...)
Si quieres podemos empezar a trabajar con el tiempo - dijo Chiang-, hasta que logres volar por el pasado y el futuro. Y entonces, estarás preparado para empezar lo más difícil, lo más colosal, lo más divertido de todo. Estarás preparado para subir y comprender el significado de la bondad y el amor.

2. ... Pero ninguno de ellos, ni siquiera Pedro Pablo Gaviota, había llegado a creer que el vuelo de las ideas podía ser tan real como el vuelo del viento y las plumas.
-Tu cuerpo entero, de extremo a extremo- diría Juan en otras ocasiones-, no es más que tu propio pensamiento, en una forma que puedes ver. Rompe las cadenas de tu pensamiento, y romperás también las cadenas de tu cuerpo.

3. Rafael suspiró, pero prefirió no discutir. -Creo que te echaré de menos, Juan- fue todo lo que dijo.
-¡Rafa, qué vergüenza! -dijo Juan reprochándole-. ¡No seas necio! ¿Qué intentamos practicar todos los días? ¡Si nuestra amistad depende de cosas como el espacio y el tiempo, entonces, cuando por fin superemos el espacio y el tiempo, habremos destruido nuestra propia hermanadad! Pero supera el espacio, y nos quedará sólo un Aquí. Supera el tiempo, y nos quedará sólo un Ahora. Y entre el Aquí y el Ahora, ¿No crees que podremos volver a vernos un par de veces?
Rafael Gaviota tuvo que soltar una carcajada. 
-Estás hecho un pájaro loco -dijo tiernamente-.

jueves, 2 de julio de 2015

27. El Gran Gatsby - F. Scott Fitzgerald.

1. En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.
“Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.”
No dijo nada más, pero como siempre nos hemos comunicado excepcionalmente bien, a pesar de ser muy reservados, comprendí que quería decir mucho más que eso. En consecuencia, soy una persona dada a reservarme todo juicio, hábito que me ha facilitado el conocimiento de gran número de personas singulares, pero que también me ha hecho víctima de más de un latoso inveterado. La mente anormal es rápida en detectar esta cualidad y apegarse a las personas normales que la poseen. Por haber sido partícipe de las penas secretas de aventureros desconocidos, en la universidad fui acusado injustamente de ser político. No busqué la mayor parte de estas confidencias; a menudo fingía tener sueño o estar preocupado; o cuando gracias a algún signo inconfundible me daba cuenta de que se avecinaba por el horizonte la revelación de alguna confidencia, mostraba una indiferencia hostil. Y es que las revelaciones íntimas de los jóvenes, o al menos la manera como las formulan, son por regla general plagios o están deformadas por supresiones obvias. Reservarse el juicio es asunto de esperanza ilimite. Todavía hoy temo un poco perderme de algo si olvido que como lo insinuó mi padre en forma por demás pretencioso, y yo de la misma manera lo repito-, el sentido fundamental de la buena educación es inequitativamente repartido al nacer.
Y tras vanagloriarme de este modo de mi tolerancia, he de admitir que tiene un límite. La conducta puede estar cimentada en la dura piedra o en el pantano húmedo, pero pasado cierto punto me tiene sin cuidado en qué se funde. Cuando regresé del Este en el otoño sentí deseos de que el mundo estuviera de uniforme y con una especie de eterna vigilancia moral; no quería mas excursiones desenfrenadas con atisbos privilegiados al corazón humano. 
2. Sólo Gatsby, el hombre que presta su nombre a este libro, Gatsby, el hombre que representaba cuanto he desdeñado desde siempre, estuvo eximido de mi reacción. Si por personalidad - se entiende una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había algo fabuloso en él, una sensibilidad a flor de piel hacia las promesas de la vida, como si estuviera vinculado a uno de aquellos intrincados aparatos que registran terremotos a diez mil millas de distancia. Esta sensibilidad nada tiene que ver con la amorfa capacidad de impresionarse que adquiere categoría bajo el nombre de “temperamento creativo era, más bien, una extraordinaria disponibilidad para la esperanza, una presteza para el romance que jamás he encontrado en nadie y que probablemente no vuelva a hallar jamás. No.... Gatsby resultó bien al final; fue más bien aquello que lo devoró, esa basura hedionda que flotaba en la estela de sus sueños, lo que mató por un tiempo mi interés por las congojas intempestivas y las efímeras dichas de los hombres.

3. Esbozó una sonrisa comprensiva; mucho más que sólo comprensiva. Era una de aquellas sonrisas excepcionales, que tenía la cualidad de dejarte tranquilo. Sonrisas como esa se las topa uno sólo cuatro ó cinco veces en toda la vida, y comprenden, o parecen hacerlo, todo el mundo exterior en un instante, para después concentrarse en ti, con un prejuicio irresistible a tu favor. Te mostraba que te entendía hasta el punto en que quedas ser comprendido, creía en ti como a ti te gustaría creer en ti mismo y te aseguraba que se llevaba de ti la impresión precisa que tú, en tu mejor momento, querrías comunicar."
4. -Fue en uno de aquellos asientos pequeños que dan cara a cara y que son los últimos que quedan en el tren. Yo me dirigía a Nueva York a ver a mi hermana y a pasar la noche allí. Él iba vestido de etiqueta con zapatos de charol, y yo no podía apartar mis ojos de él; cada vez que me miraba, tenía que aparentar que estaba mirando la propaganda que habla encima de su cabeza. Cuando entramos a la estación se paró junto a mí, y la blanca pechera de su camisa hizo presión sobre mi brazo; entonces le dije que tendría que llamar a un guarda, pero él sabia que yo no lo iba a hacer. Estaba tan excitada que cuando me subí a un taxi con él, casi no sabía que no me estaba metiendo al metro. Todo cuanto pensaba, una y otra vez, era: “Uno no vive eternamente, uno no vive eternamente.”
5. Con una especie de emoción vehemente comenzó a sonar en mis oídos una frase: “Existen tan sólo los perseguidos y los perseguidores, los ocupados y los ociosos”.

6. Era evidente que había experimentado dos estados y que entraba al tercero. Pasados su turbación y la irracional felicidad, lo consumía ahora el asombro por la presencia de Daisy: había estado lleno de la idea por mucho tiempo, la había soñado hasta el final, la había esperado con los dientes apretados, por así decirlo, hasta alcanzar este inconcebible nivel de intensidad. Ahora, en la reacción, se estaba desenvolviendo tan rápido como un reloj con exceso de cuerda.
7. ¡Casi cinco años! Debió haber momentos, aún en aquella tarde, cuando Daisy se quedara corta con relación a sus sueños; no por culpa de ella, empero, sino por la colosal vitalidad de la ilusión de Gatsby, que la había superado a ella, que lo había superado todo. Se había dedicado a su quimera con una pasión creadora, agrandándola todo el tiempo, adornándola con cada una de las plumas brillantes que pasaban nadando junto a sí. Ninguna cantidad de fuego o frescura puede ser mayor que aquello que un hombre es capaz de atesorar en su insondable corazón.
8. Cuando lo miré se compuso un poco. Su mano asió la de Daisy, y cuando la joven con voz queda le dijo algo al oído, se volvió hacia ella, pleno de emoción. Creo que aquella voz era lo que más lo capturaba, con su calidez fluctuante y febril, porque la soñada no podía ser mayor... aquella voz era una canción inmortal.
9. Se habían olvidado de mí, pero Daisy alzó los ojos y me estiró la mano;Gatsby ni me conocía. Los miré una vez más y ellos me devolvieron la mirada, remotamente, poseídos por una vida intensa. Entonces salí del cuarto, y bajé por las escalinatas de mármol para adentrarme en la lluvia, dejándolos a los dos solos en él.

10. Pero su corazón se mantenía en constante turbulencia. Los caprichos más grotescos y fantásticos lo perseguían en su lecho por la noche. Un universo de inefable vistosidad giraba como un remolino en su cerebro mientras el reloj hacía tic-tac en el lavamanos y la luna empapaba de húmeda luz su ropa desordenada, tirada sobre el piso. Cada noche le agregaba Gatsby más y más detalles al modelo de sus fantasías, hasta que, borracho de sueño, le llegaba el descanso reparador con alguna vivida escena en la mente. Durante un tiempo estos sueños fueron un escape para su imaginación; le daban una idea satisfactoria de la irrealidad de la realidad, una promesa de que el peñón del mundo estaba asentado de manera firme en el ala de un hada.
11. No dejaba nunca de entristecerme mirar a través de ojos nuevos las cosas en las cuales uno ha gastado la capacidad de adaptación. 
12. -Pero ella no entiende -dijo él- . Antes ella era capaz de entender. Nos sentábamos horas y horas...
13. Se derrumbó y comenzó a caminar por el desolado sendero lleno de cáscaras de frutas y favores descartados y de flores aplastadas.
-Yo no le pedirla tanto -aventuré yo-. Uno no puede repetir el pasado.
-¿No se puede repetir el pasado? -exclamó él, no muy convencido de ello. ¡Pero claro que se puede!
Miró a su alrededor con desesperación, como si el pasado acechara aquí, en la sombra de su casa, lejos de su alcance por muy poco.
-Voy a organizar las cosas para que todo sea igual que antes, hasta el último detalle -dijo, moviendo la cabeza con determinación-. Ella verá.
Habló largo sobre el pasado y colegí que deseaba recuperar algo, alguna imagen de sí mismo quizás, que se había ido en amar a Daisy. Había llevado una vida desordenada y confusa desde aquella época, pero si alguna vez pudiera regresar a un punto de partida y volver a vivirla con lentitud, podría encontrar qué era la cosa...

14. ... Una noche de otoño, cinco años atrás, habían estado caminando por la calle mientras caían las hojas, cuando llegaron a un lugar donde no había árboles y el andén estaba iluminado de luz de luna. Allí se detuvieron y se miraron cara a cara. La noche estaba fría ya, llena de aquella misteriosa emoción que se da dos veces al año, con el cambio de estación. Las inmóviles luces de las casas susurraban en la oscuridad y las estrellas titilaban agitadas. Por el rabillo del ojo vio Gatsby que los bloques del andén formaban en realidad una escalera que llevaba a un lugar secreto entre los árboles; él podría trepar, si lo hacía solo y una vez allí, podría succionar la savia de la vida, tragar el inefable néctar del asombro.
Su corazón comenzó a latir con más y más fuerza a medida que Daisy acercaba el rostro al suyo. Sabía que cuando besara a esta chica y esposara por siempre sus inexpresibles visiones con el perecedero aliento de ella, su mente dejaría de vagar inquieta como la mente de Dios. Esperó un instante, escuchando, por un momento más, el diapasón que había sido golpeado contra una estrella. Y la besó. Al tocarla con sus labios, ella se al)rió para él como una flor, y la encarnación se completó.
En medio de todo lo que dijo, aun en medio de su apabullante sentimentalismo, yo recordaba algo, un ritmo esquivo, el fragmento de palabras perdidas que había escuchado hacía largo tiempo. Durante un instante una frase trató de formarse en mi boca y mis labios se separaron como los de un mudo, como si hubiera más batallas en ellos que el mero jirón de aire asombrado. Pero no emitieron sonido alguno, y aquello que estuve a punto de recordar quedó incomunicado por siempre jamás.

15. -Tengo algo que decirle a usted, viejo amigo...-comenzó Gatsby-. Pero Daisy adivinó sus intenciones.
-¡No, por favor! lo interrumpió impotente-. ¿Por qué más bien no nos vamos a casa todos?
-Es una buena idea -me levanté-. Ven Tom, nadie quiere un trago.
-Quiero saber qué es lo que el señor Gatsby tiene que decirme.
-Su esposa no lo ama -dijo Gatsby-; jamás lo ha hecho. A quien quiere es a mi.
-¡Debe usted estar loco! exclamó Tom sin vacilación.
Gatsby se levantó, encendido de la emoción.
-Jamás lo amó, ¿me oye? -exclamó-. Sólo se casó con usted porque yo era pobre y estaba cansada de esperarme. Fue un error terrible, pero en el fondo de su corazón ¡jamás amó a nadie más que a mi!
-Siéntate, Daisy -Tom buscó sin éxito darle un tono paternal a su voz-. ¿Qué ha estado pasando aquí? Quiero saberlo todo.
-Ya le conté qué estaba sucediendo -dijo Gatsby-. Venía sucediendo durante cinco años, y usted sin darse cuenta.
Tom se volvió hacia Daisy con brusquedad.
-¿Has estado viéndote con este tipo durante cinco años?"
"Gatsby atravesó la habitación y se paró al lado de ella.
Daisy, ya todo se acabó dijo con seriedad ya no importa. Dile sólo la verdad, que nunca lo amaste, y con eso todo queda borrado.
Lo miró como sin verlo.
-Pues... ¿cómo podía yo amarlo ... cómo podía?
-Jamás lo amaste.
Ella vaciló. Sus ojos cayeron sobre Jordan y sobre con una especie de apelación, como dándose cuenta al fin de lo que hacia, y como si nunca, durante todo este tiempo, hubiera tenido intenciones de hacer nada. Pero ya estaba hecho. Era demasiado tarde.
-Nunca lo amé -dijo, con visible reticencia.
-¿Ni en Kapiolani? -preguntó Tom de repente.
-No.
- ¿Ni aquel día en que te cargué desde el Punch Bowl para que no se te mojaran los zapatos? -había una brusca ternura en su tono de voz...-.
-Por favor, no sigas -su voz era fría, pero todo rencor la había abandonado. Miró a Gatsby-.
-Oh, Jay -dijo, pero su mano temblaba al prender un cigarrillo. De pronto arrojó el cigarrillo y el fósforo prendido al tapete-.
¡Oh, tú pides demasiado! -le gritó a Gatsby-. Te amo ahora. ¿No es suficiente? No puedo evitar lo del pasado -comenzó a sollozar impotente-. Sí, lo amé una vez, pero a ti también te amé -los ojos de Gatsby se abrieron y se cerraron.
-¿Me amaste a mí también? -repitió.
-Hasta eso es una mentira -dijo Tom con furia. Ni sabía que estabas vivo. Es que... hay cosas entre Daisy y yo que jamás vas a conocer, cosas que ninguno de los dos podremos olvidar jamás.
Las palabras parecieron horadar físicamente a Gatsby.
-Quiero hablar con Daisy a solas -insistió-. Ella está muy excitada ahora.
-Aun a solas no puedo decir que nunca haya amado a Tom -admitió con voz lastimera-. No sería cierto.
-Claro que no lo sería -asintió Tom.
Ella se volvió hacia su esposo.
-Como si te importara -dijo.
-Claro que me importa. De ahora en adelante voy a cuidarte mejor.
-Usted no entiende -dijo Gatsby, con un toque de pánico-. Ya no va a cuidarla más.
-Ah, ¿no? -Tom abrió sus ojos rió. Ahora podía darse el lujo de controlarse-. ¿Y eso por qué?
-Daisy lo va a dejar a usted.
-¡Qué ridiculez!
-Sí- dijo ella, haciendo un esfuerzo visible.