miércoles, 25 de mayo de 2016

33. Kafka en la Orilla - Haruki Murakami.

1. - A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
Me imagino una tormenta como ésa. Un blanco remolino que apunta al cielo, irguiéndose vertical como una gruesa maroma. Mantengo los ojos y las orejas fuertemente tapados con ambas manos. Para que la fina arena no se me meta en el cuerpo. La tormenta se acerca deprisa. Desde lejos puedo sentir la fuerza del viento en la piel. Va a engullirme de un momento a otro.
- Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás. Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.


2. —Según la historia de Aristófanes que sale en El banquete de abtón, en el mundo mítico de la Antigüedad había tres clases de seres humanos- dice Oshima —. ¿Lo sabías?
—No —respondo.
—El mundo antiguo no estaba compuesto por hombres y mujeres sino por hombres-hombres, hombres-mujeres y mujeres-mujeres. Es decir, que un ser humano comprendía dos personas de ahora. Y así vivían todos satisfechos y felices. Sin embargo, los dioses los partieron a todos con un cuchillo por la mitad. De un corte limpio. Como resultado, el mundo se dividió en hombres y mujeres, y desde entonces los seres humanos van corriendo desesperados de un lado para otro buscando la mitad que les falta.
—¿Y por qué hicieron los dioses eso?
—¿Partir los seres humanos en dos? Pues vete a saber. Los actos de los dioses nunca son fáciles de comprender. Los dioses son irascibles y tienden a ser, ¿cómo te diría?, excesivamente idealistas. Puestos a suponer, tal vez se tratase de algún castigo. Como la expulsión de Adán y Eva del Paraíso que sale en la Biblia.
—El pecado original —digo.
—Exacto. El pecado original —dice Oshima. Y hace oscilar el largo lápiz entre los dedos índice y corazón como si fuera una balanza. En definitiva, lo que quería decirte es lo siguiente: para un ser humano es muy duro vivir solo.
3. El recinto de la estación está atestado de gente que va y viene. Todos visten a su aire, acarrean su equipaje, van de aquí para allá con pasos precipitados; todos deben de encarrilarse a alguna parte con un propósito determinado. Me los quedo mirando fijamente. Y de repente se me ocurre pensar cómo serán dentro de cien años. Dentro de cien años es muy posible que todos los que estamos aquí (incluido yo) hayamos desaparecido de la faz de la Tierra y nos hayamos convertido en polvo o ceniza. Al pensarlo me asalta una extraña sensación. Y todo lo que se encuentra ante mis ojos acaba pareciéndome una ilusión. Como si de un momento a otro un soplo de viento fuera a barrerlo todo. Extiendo los dedos de ambas manos y clavo la mirada en ellos. ¿Para qué diablos lucho de esta manera? ¿Por qué tengo que vivir dejándome en ello la piel tal como estoy haciendo?
4. Allí está todo. Pero no hay partes. Y como no hay partes no hay ninguna necesidad de reemplazar una cosa por otra. Tampoco es preciso quitar o añadir nada. Basta con que el cuerpo se sumerja en el todo. Sin necesidad de razonamientos complicados. Y para Nakata no podía haber nada mejor.
5. Pero a lo largo de mi carrera docente me he encontrado con varios casos semejantes. Con niños que tienen talento y, justamente porque lo tienen, los adultos que los rodean les van poniendo el listón cada vez más alto. Y suele pasar que esos niños, agobiados por los problemas reales que les plantean, vayan perdiendo gradualmente el entusiasmo y la alegría lógicos ante la meta superada. Los niños que se encuentran en esos ámbitos pronto acaban encerrándose en sí mismos, escondiendo sus emociones genuinas. Y hace falta mucho tiempo y esfuerzo para lograr abrir de nuevo sus corazones. La mente de los niños es muy maleable y se puede moldear de muchas maneras. Pero una vez que se ha moldeado y endurecido cuesta mucho volver atrás. En la mayoría de los casos es imposible.
6. Le miro el pecho. Sus senos redondos suben y bajan al compás de la respiración como el vaivén de las olas. Me recuerdan una vasta superficie del mar azotada por una lluvia incesante. Yo soy un navegante solitario, de pie en cubierta; ella es el mar. El cielo presenta un color gris uniforme que, mucho más allá, se funde con el color, asimismo gris, del mar. Y entonces es muy difícil distinguir el mar del cielo. También es difícil separar al navegante del mar. También es difícil distinguir la realidad de los sentimientos.
7. Nakata cerró los ojos y se apartó la cabeza con ambas manos. Sentía cómo le temblaban las manos.
-No puedes cerrar los ojos -dijo Johnnie Walken con voz resuelta-. Otra vez las reglas. Los ojos no pueden cerrarse. Cerrarlos no soluciona nada. Por más que los cierres, no desaparecerá el problema. Al contrario, cuando vuelvas a abrirlos, las cosas habrán empeorado aún más. Así es el mundo en el que vivimos, Nakata. Tú mantén los ojos bien abiertos. Cerrarlos es de pusilánimes. Sólo los cobardes apartan la vista de la realidad. Y mientras tú cierras los ojos y te tapas los oídos el tiempo va transcurriendo. ¡Tic! ¡Tac! ¡Tic! ¡Tac!
8. -Kafka Tamura, en la vida de los hombres hay un punto a partir del cual ya no podemos retroceder. Y, en algunos casos, existe otro a partir del cual ya no podemos seguir avanzando. Y, cuando llegamos a ese punto, para bien o para mal, lo único que podemos hacer es callarnos y aceptarlo. Y así es como sobrevivimos.
9. …Tal como puedes ver, también soy un ser humano y también me he sentido discriminado en diversas ocasiones —explica Óshima—. Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama «hombres y mujeres huecos». Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con patraña insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas. Sean gays, lesbianas, heterosexuales, feministas, cerdos fascistas, comunistas, Hare Krishnas. A mí tanto me da. A mí no me importa la bandera que enarbolen. Lo que yo no puedo soportar es a esa gente hueca, a esos sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación, con tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Precisamente, son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y cuando se me pone una delante no me puedo aguantar. Acabo soltando más cosas de la cuenta. Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil. ¿Y sabes por qué? 
—¿Porque si te tomaras en serio a cada una de las personas sin . imaginación que se te pusieran delante no darías abasto? —pregunto.
-Exacto.
10. -¿Sabes, Kafka Tamura? Lo que tú estás sintiendo ahora no es otra cosa que el conflicto central de la tragedia griega. No es la persona la que elige su destino, sino el destino el que elige a la persona. Ésta es la concepción del mundo en la que se fundamenta la tragedia griega. Y la tragedia, según la define Aristóteles, irónicamente, no surge de los defectos del protagonista, sino de sus virtudes. ¿Entiendes a qué me refiero? Son las cualidades, no los defectos, las que arrastran al hombre a la tragedia. Edipo rey, de Sófocles, es un ejemplo remarcable de ello. En el caso de Edipo, no son la indolencia y la estupidez las que originan la tragedia, sino su valentía y su honestidad. Y de ahí nace, inevitablemente, la ironía.
-Pero no se puede hacer nada.
-Depende -dice Óshima-. Hay casos en los que no puede hacerse nada. Pero, a pesar de ello, la ironía hace más profundo al hombre, lo obliga a crecer. Y se convierte en una puerta de acceso a una solución de una dimensión mayor. Y en ella puedes encontrar una esperanza universal. Ésta es la razón por la que hoy en día tanta gente sigue leyendo la, tragedia griega; por la que la tragedia se ha constituido en uno de los prototipos del arte. Y antes ya he comentado esto, pero, en la vida, todo es una metáfora. En realidad, nadie va matando a su padre ni acostándose con su madre. ¿No te parece? En resumen, nosotros aceptamos la ironía a través de un mecanismo que se llama metáfora. Y esto nos convierte, a nosotros, en hombres más sabios.
11. -Y te has escapado de casa, ¿verdad?
-Sí, así es.
−¿Y tenías alguna razón concreta para hacerlo? 
Sacudo la cabeza. ¿Qué diablos debería decirle?
−Es que tenía la sensación de que, si me quedaba, acabaría perdiéndome sin posibilidad de retroceder -digo.
−Me resulta extraño oír la palabra «perdido» en boca de un chico de tu edad. Podríamos decir que me intriga... ¿A qué te refieres concretamente con ese «perdido»?
-Pues que algo haría que fuera como no debo ser.
La señora Saeki me mira con interés.
−Pero, en la medida en que el tiempo exista, todo el mundo irá perdiéndose al fin, pasando a ser algo distinto. Antes o después.
−Sin embargo, aunque acabes perdiéndote alguna vez, necesitas un lugar al que poder retroceder.
-¿Un lugar al que poder retroceder?
−Un lugar al que valga la pena volver.
-Para tener quince años recién cumplidos, hablas con mucha sensatez. Yo también, cuando tenía quince años, quería irme a un mundo distinto dice la señora Saeki sonriendo-. A un lugar donde nadie pudiera encontrarme. A un lugar donde no transcurriera el tiempo.
-Pero, en este mundo, no existe ningún lugar así.
-Exacto. Por eso vivo aquí. En un mundo donde las cosas no dejan de perderse, los sentimientos no dejan de cambiar, donde el tiempo transcurre sin pausa. -Y, como si quisiera aludir al paso del tiempo, permanece unos instantes en silencio-. Pero, a los quince años, yo estaba segura de que en este mundo existía un lugar así. De que la entrada a un mundo distinto estaba escondida en alguna parte y de que yo podría encontrarla.
-¿Estaba usted sola a los quince años?
−En cierto sentido sí. Lo estaba. No es que no tuviera a nadie a mi lado, pero me encontraba terriblemente sola. Y era porque sabía que jamás volvería a ser tan feliz como lo estaba siendo entonces. Era lo único que sabía con certeza. Por eso quería encontrar un lugar donde aquellos momentos se hicieran eternos, donde el tiempo no transcurriese.
−Lo que yo quiero es crecer lo más rápido posible.
−Tú eres más fuerte de lo que yo era entonces, y eres independiente. Yo, a tu edad, tenía la cabeza llena de fantasías, quería evadirme de la realidad, y tú, en cambio, miras la realidad de frente y luchas. Hay una gran diferencia.
-Yo no soy fuerte, ni tampoco independiente. Sólo que la realidad me ha empujado, a la fuerza, hacia delante.
12. -En todo, Nakata, hay que seguir un orden -explicó Johnnie Walken-. No se puede mirar demasiado lejos. Porque si miras demasiado lejos pierdes de vista el suelo y corres el riesgo de tropezar. Pero tampoco debes distraerte con los pequeños detalles que están a tus pies. Porque si no miras al frente, acabarás topando con algo. Total, que hay que mirar un poco hacia delante, seguir un orden determinado e ir despachando las cosas. Eso es fundamental. En cualquier cosa que hagas.
13. El escritor ruso Anton Chejov decía algo interesante: «Si en un relato sale una pistola, eventualmente hay que dispararla». Chejov quiere decir lo siguiente. La necesidad es un concepto independiente. Su mecanismo es distinto al de la lógica, al de la moral o al del significado. Su función está comprendida en el papel que desempeña. Aquello cuya función no es estrictamente necesaria no debe existir. Y lo que la necesidad requiere debe existir. Eso es dramaturgia. La lógica, la moral o el significado no existen por si mismos, sino que nacen dentro de una relación. Chejov entendió muy bien qué es la dramaturgia.
14. -Estoy enamorado de usted, y esto es muy importante. Usted debe
entenderlo.
-Habéis lanzado una piedra a una diana que está muy lejos. ¿Eres consciente de ello? Asiento.
−Lo sé. Pero, gracias a las metáforas, la distancia se hará mucho más corta.
-Pero ni tú ni yo somos una metáfora.
−Por supuesto que no -digo-. Pero las metáforas pueden eliminar en gran medida lo que nos separa a ambos.
−Son las palabras de seducción más estrafalarias que he oído en toda mi vida.
-¡Hay tantas cosas a mi alrededor que se han ido haciendo tan estrambóticas! Pero creo que me estoy acercando poco a poco a la verdad.
-¿Acercándote realmente a una verdad metafórica? ¿O acercándote de manera metafórica a una verdad real? ¿O, tal vez, se van aproximando la una a la otra para complementarse?
-En cualquier caso, no creo que pueda soportar la tristeza que, en estos momentos, hay aquí.
−Ni yo tampoco.
-Entonces, ¿volvió usted a esta ciudad con la intención de morir?
−En realidad, no es que esté intentando morir. Sólo me limito a esperar la muerte. Como quien se sienta en un banco de la estación a esperar el tren.
−¿Y sabe cuándo llegará ese tren?
Ella separa su mano de la mía, se toca los párpados con las yemas de los dedos.
−Tamura, la vida, hasta ahora, me ha desgastado mucho. Mi propio cuerpo está agotado. Cuando tenía que haber dejado de vivir, no pude hacerlo. No fui capaz de renunciar a la vida pese a saber que vivir no tenía ningún sentido para mi. En consecuencia, he estado haciendo una cosa absurda tras otra durante toda mi vida, únicamente para ir pasando los días. Y, de este modo, me he herido a mí, e, hiriéndome a mí, he herido a los demás. Y ahora estoy recibiendo el castigo. Llámalo maldición, si quieres. Hubo una época en que alcancé algo demasiado perfecto. Y luego no me quedó otra cosa más que despreciarme a mí misma. Esa es mi maldición. Una maldición de la que no podré escapar mientras viva. Por eso no le temo a la muerte. Y, si esto responde a tu pregunta, sé más o menos cuándo llegará.
15. -Nakata no sólo no es inteligente. Nakata está vacío. Acabo de comprenderlo. Nakata es como una biblioteca sin libros. Hace tiempo no era así. Yo tenía libros dentro. Lo había olvidado durante años, pero ahora sí me acuerdo. Antes, Nakata era como todo el mundo. Pero un día ocurrió algo y Nakata se convirtió en un recipiente vacío.
-Pero oye, Nakata, si te lo miras así, todos estamos más o menos vacíos, ¿no? ¡Ya me dirás! Comemos, cagamos, cobramos un sueldo de mierda por un trabajo estúpido, follamos de vez en cuando y ¡se acabó! ¿Qué más hay aparte de eso? Pero, con todo, vivir tiene su gracia, ¿no? Como nosotros, ahora. No sé por qué, pero la tiene. Mi abuelo lo decía siempre: «Las cosas de este mundo siempre te salen por donde menos te esperas. Precisamente por eso es interesante vivir».
16. −Oshima ¿Te has puesto triste alguna vez pensando en quien amas cuando estás solo?
−Pues claro -dice Oshima-. A menudo. Especialmente en la estación en que la luna aparece azulada. O en la estación en que los pájaros emigran hacia el sur. O...
−¿Y por qué dices claro? -pregunto.
-Porque, cuando nos enamoramos, todos buscamos en la persona amada una parte de nosotros que nos falta. Por eso, al pensar en esa persona, siempre nos ponemos en mayor o menor medida tristes. Nos sentimos como si volviéramos a pisar una habitación añorada que habíamos perdido hace muchísimo tiempo. Es natural. Esa sensación no la has descubierto tú. Así que mejor que no intentes patentarla.
17. −Esta mochila, para ti, simboliza la libertad, seguro -dice Ôshima.
-Tal vez, -digo.
-Quizá se experimente una felicidad mayor al poseer algo que simbolice la libertad que poseyendo la libertad en sí misma. 
-A veces -digo.
−Oye, Kafka Tamura. Puede que la mayoría de personas de este mundo no deseen, en realidad, el ser libres. Sólo están convencidos de que lo desean. Todo es una fantasía. Si realmente consiguieran la libertad, la mayoría de la gente se encontraría con graves problemas. No lo olvides. A la gente, lo que en realidad le gusta es la falta de libertad.
−¿A ti también?
−Sí. A mí también. Hasta cierto punto, claro -dice Oshima Jean-Jacques Rousseau afirmaba que la civilización nació cuando la especie humana empezó a levantar barreras. Es una observación muy perspicaz. En efecto. Todas las civilizaciones son producto de la falta de libertad. Sólo hay una excepción: los aborígen australianos. Ellos preservaron hasta el siglo XVII una civilización sin barreras. Eran libres en un sentido pleno. Podían ir a donde les apeteciese cuando quisieran, hacer lo que se les antojara. Su vida era, literalmente, un constante ir de aquí para allá. Y andar de un lado para otro era, para ellos, una profunda metáfora de la vida. Cuando llegaron los Ingleses y construyeron cercas para encerrar a los animales domésticos, los aborígenes no podían entender de ninguna manera qué significaba aquello. Y, como eran incapaces de comprender aquel principio, los Ingleses les tacharon de seres peligrosos, antisociales, los expulsaron al desierto. Así que también te recomiendo a ti, Kafka Tamura, que tengas cuidado. Al fin y al cabo, los que mejor sobreviven en este mundo son los que levantan barreras altas y fuertes. Y si te opones a ellos, te expulsarán al desierto.
18. -Debes de querer ser más fuerte, imagino.
−Si no eres fuerte, no puedes sobrevivir. Particularmente en mi caso.
−Es porque estás solo...
−Nadie va a ayudarme. Al menos hasta ahora nadie me ha ayudado. He tenido siempre que apañármelas por mí mismo. Así que debo ser fuerte. Como un cuervo abandonado. Es por eso que mi nombre es Kafka, significa cuervo en Checo.
-Pero esa forma de vida tiene sus límites. No puedes utilizar esa fuerza para levantar una muralla a tu alrededor. Siempre puede venir algo más fuerte que llegue a derribarla. Es lo que suele ocurrir.
-Es que la fuerza acaba convirtiéndose en fortaleza moral. La señora Saeki sonríe.
-Eres muy rápido en captar las cosas. Entonces yo digo:
-Lo que yo deseo, la fuerza que yo busco, no es aquella que lleva a ganar o a perder. Tampoco quiero una muralla para repeler fuerzas que lleguen del exterior. Lo que yo deseo es una fuerza que me permita ser capaz de absorber todo cuanto proceda del exterior... resistirlo. Fortaleza para soportar en silencio cosas como la injusticia, infortunio, la tristeza, los equívocos, las incomprensiones.
-Posiblemente sea ésa la fuerza más difícil de alcanzar.
-Ya lo sé.
19. —Tengo la impresión de que, a mi alrededor, las cosas han empezado a transformarse —dice la señora Saeki. —No sabría decirte. Pero lo sé. La presión del aire, la reverberación del sonido, el reflejo de la luz, el movimiento de los cuerpos el flujo del tiempo. Todo ello está cambiando poco a poco. Es como si una acumulación de incesantes cambios diminutos fuera formando una gran corriente-. Luego me mira de frente -Lo que pasó anoche entre nosotros, en tu habitación, creo que también es uno de esos cambios. No sé si lo que hicimos está bien o no. Pero yo, en aquel momento, decidí no obligarme a mí misma a juzgar. Pensé que, si fluía la corriente, dejaría que me arrastrara también a mí.
— ¿Puedo decirle lo que pienso de usted?
—Pues, claro.
—Lo que está haciendo es, tal vez, recuperar el tiempo perdido. La señora Saeki reflexiona unos instantes sobre ello.
—Quizá sí —dice—. Pero ¿cómo lo sabes?
—Porque yo tal vez esté haciendo lo mismo.
—¿Recuperar el tiempo perdido?
—Sí —digo—. A mí, desde que era pequeño, me han ido robando muchas cosas. Muchas cosas valiosas. Y ahora tengo que recuperarlas, aunque sólo sea una parte de ellas.
—Para seguir viviendo.
Asiento.
—Debo hacerlo. Para una persona es importante tener algo así como
un lugar al que poder volver. Ahora tal vez esté todavía a tiempo. Posiblemente. Usted, y también yo.
20. El joven se acordó de su niñez. De cuando iba todos los días a un río cercano a pescar peces, especialmente lochas. «En aquella época, yo no tenía por qué pensar en nada», se dijo el joven. «Había bastante con ir viviendo. Sólo por el simple hecho de vivir, yo ya era alguna cosa. Era algo espontáneo. Pero, en un momento dado, dejó de ser así. Vivir me fue convirtiendo en nada. ¡Qué va! cosa tan extraña! La gente nacemos para vivir, ¿verdad? ¿Cómo es que yo, conforme he ido viviendo, he ido perdiendo contenido hasta convertirme en una persona vacía? Y además, de aquí en adelante, a medida que vaya viviendo posiblemente siga convirtiéndome en una persona más vacía aún, que, valga menos todavía. Aquí hay un error. No puede pasar una cosa tan extraña. En alguna parte debe de poder cambiarse la dirección de la corriente.
21. -Tú no tienes la culpa de todo. Tampoco la tengo yo. Tampoco es culpa de la profecía, ni de la maldición. No es culpa del ADN, ni del absurdo. No es culpa del estructuralismo, ni de la tercera revolución industrial. Que nosotros vayamos decayendo y perdiéndonos se debe a que el mecanismo del mundo, en sí mismo, se basa en la decadencia y en la pérdida. Y nuestra existencia no es más que la silueta de este principio. El viento sopla. Podrá ser un viento violento que asole los campos o una brisa agradable. Pero ambos irán perdiéndose, desapareciendo. El viento no tiene cuerpo. No es más que el término genérico del desplazamiento del aire. Tú aguzarás el oído. Entenderás la metáfora.
22. -Según los conocimientos actuales, los primeros que imaginaron el concepto de laberinto fueron los antiguos mesopotámicos. Éstos les arrancaban las tripas a los animales, o, a veces, los intestinos a los seres humanos, y, según la forma que tuvieran, predecían el futuro. Sentían admiración por lo complejos que eran. Así que la forma del laberinto remite a las entrañas. Es decir, que el principio del laberinto reside en tu propio interior. Y éste se corresponde con el laberinto exterior.
−Una metáfora -digo.
−Exacto. Una metáfora recíproca. Lo que existe fuera de ti es una proyección de lo que existe en tu interior, lo que hay dentro de ti es una proyección de lo que existe fuera de ti. Por eso, a veces, puedes hollar el laberinto interior pisando el laberinto exterior.
Aunque eso, en la mayoría de los casos, es muy peligroso.

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